Mercado Nocturno de Dong Hua Men, o el delicioso pincho de orugas

Antes de contar cómo acabé masticando una crisálida de mariposa en Pekín, os debería explicar un poco sobre el Mercado Nocturno de Dong Hua Men.

Para los más aventureros existe en el centro de Beijing un mercado de comida nocturno, en el que se pueden degustar las más variopintas especialidades culinarias Chinas, desde serpiente hasta araña, pasando por los tradicionales rollos de primavera, hablo del Dong Hua Men Night Market.

Es una de las atracciones más importantes de Pekín y está ubicado en pleno centro, cerca de la emblemática calle Wang Fu Jing, el Dong Hua Men abre cada noche para ofrecer a locales y turistas pinchos, sopas, y empanadillas con diversos ingredientes.

Para ser sinceros, el lugar tiene ese ambiente de trampa-de-turistas y los chinos que se dejan ver por ahí apenas prueban la comida, aferrándose siempre a lo menos exótico, pinchos de cordero o pollo y calamares para los más arriesgados. Está claro que los escorpiones y las estrellas de mar están reservadas para los occidentales, que son los únicos que se atreven con las “guarradas” varias.

Dentro de la comida más “tradicional”, con la que se atrevían los chinos y los extranjeros menos aventureros, había muchas cosas con excelente pinta, sopas, dumplings, tortas rellenas de carne, pinchos de ternera o pollo y los omnipresentes y versátiles tallarines, que en esta zona de China suelen servirse en sopa estilo Ramen en vez de fritos.

Los ingredientes de los pinchos, por otra parte, iban de lo más mundano a lo más exótico, ternera, pollo, cordero, pulpo o sepia los más comunes y serpiente, anguila, estrella de mar, erizos o lagarto en el lado “raro” de la balanza.

Al final nos quedan los insectos y arácnidos, conformados por escorpiones, arañas, escarabajos, grillos, larvas y finalmente, crisálidas de mariposa.

En este momento, para consagrarme como turista en una trampa de turistas, decidí probar alguna de las comidas exóticas del mercado,  como anteriormente ya había probado los grillos y las larvas, me decanté por las crisálidas. Mala idea.

Las crisálidas del gusano de la seda son empaladas en un chuzo de madera y puestas al fuego. Mientras se asan, se puede observar el agüilla que llevan dentro derramarse por las perforaciones del pincho, chisporroteando al caer en los hierros calientes de abajo.

A medida que se chamuscan, el cocinero la va cubriendo de especias, sal y comino y las va aplastando para que expulsen lo que queda de jugo para finalmente servirlas.

Debo confesar que tuve reparos al principio, bueno, tuve reparos todo el rato; a veces el sentido de la aventura es más fuerte que el sentido común.

Como pude, cogí fuerzas para meterme una en la boca.

Sólo notaba el comino.

-“Si no está tan mala”- pensé, iluso.     

El problema en sí no es el sabor, ya que las especias cubren cualquier sabor propio que la crisálida pudiese tener, el problema es la textura. Una vez hincada la muela en el dichoso futuro lepidóctero, los jugos internos explotaron, provocándome nauseas que, afortunadamente, pararon justo a tiempo.

Superadas las nauseas iniciales, me encontré masticando una masa chiclosa y crujiente a la vez, probablemente la misma sensación que se tiene al masticar una cucaracha, pero sin las patas.

Creo que la crisálida de gusano de la seda es una delicatessen que no volveré a probar.

Y definitivamente estos bichos no saben a pollo ni son viscosos pero sabrosos.

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xixerone
Fundador de xixerone.com. Amante de los viajes y los gatos.