¿Vale la pena viajar? – Relato de una mañana viajera

Cinco de la mañana, ojos legañosos. ¿No había puesto la alarma más tarde? Hay que levantarse, el aeropuerto espera. No hay tiempo para cinco minutitos más.

Los vuelos de larga distancia siempre parecen partir antes de que salga el sol.

¿Aerobús o RENFE? No llego con ninguno, vístete y coge un taxi, de treinta euros no bajará la gracia. No hay tiempo para desayunar, tampoco tengo nada en la nevera, mis tripas se revuelven y noto el mal humor trepando por mi cuello, será un día muy largo.

Me pruebo la mochila, pesa demasiado y aún no he metido la cámara.

Date prisa, que no llegas. Sal de casa, tambaléate por las escaleras por el peso del equipaje. camina a paso apresurado calle Rogent abajo. ¿Por qué no hay taxis?

¿He metido el cepillo de dientes? ¿y el cargador del móvil? Seguro que me olvido algo, siempre me olvido algo.

«Al aeropuerto, por favor».

El taxista quiere que le cuente mi vida, suelto un par de gruñidos incomprensibles y asiento con la cabeza. Un café no me vendría mal, o pensándolo bien, mejor un Red Bull. A estas horas no soy persona.

Llego al aeropuerto, caos, colas, gente. ¿Qué hacen levantados a estas horas?

Me pongo en la cola de Iberia, sus vuelos mañaneros son lo peor. Hordas de gente con ochocientas maletas cada una y colas que se extienden al infinito.

La señora que lleva seis cajas de lo que parecen ser muebles apretujadas en un trolley no para de empujarme, finjo una sonrisa y me armo de paciencia.

Maletas facturadas y viene la peor parte. Me quito el cinturón y lo meto en la chaqueta junto al móvil, las llaves, las monedas, la cartera y la poca dignidad que me queda. Saco el ordenador de la mochila, y los líquidos.

Después de esperar veinte minutos con las bandejas en la mano me toca pasar.

Bip bip bip.

-«Quítese los zapatos» me espeta el de seguridad, pero yo aún no he tomado café, las palabras no calan en mi cerebro a estas horas. -«The shoes, the shoes». Repite con un inglés de Torrelodones.

Y vuelta a comenzar.

Prisas, hamburguesa en el McDonald’s (soy de desayunos saludables) y me pongo primero en la fila para embarcar.

El avión no ha llegado, una hora de retraso. Me pongo a toquetear el móvil hasta que no me quede batería.

Por fin embarco. Horas y horas encerrado en un espacio pequeño, rodeado de desconocidos y oyendo bebés llorar. Ingredientes perfectos para un brote psicótico-homicida, menos mal que con los cubiertos de plástico a poco llegaría. Me calmo y me resigno a ver una peli de Jennifer Aniston del 97. Iberia siempre acierta con su entretenimiento a bordo.

La comida sabe a plastilina, el aire me seca la garganta y el niño que lleva todo el camino dándome patadas detrás del asiento tiene todas las papeletas en la rifa de una hostia.

Logro dormir, siempre lo logro, pero el dolor de cuello es insoportable.

-«Cabin crew: 10 minutes for landing». Y el corazón a mil.

Aterrizaje, veinte minutos hasta que la puerta se abra y por fin llego. Calor, niños corriendo. Ya no estoy en España.

Tras la rutinaria conversación con agentes de inmigración que quieren saber mi vida salgo victorioso.

Por lo menos no me deportan (por ahora).

Y en la cinta de las maletas el resto de pasajero se abalanza a cubrir las mejores posiciones para recoger su equipaje cuando salga (si es que sale).

Ha habido suerte, equipaje intacto. Ahora a cambiar dinero.

Estoy cansado, tengo hambre, sueño y huelo a rayos.

Busco el letrero de «Exit» y que empiece la aventura.

Y a los que tienen el valor de preguntarme si vale la pena viajar yo les contesto:

-Siempre.

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xixerone
Fundador de xixerone.com. Amante de los viajes y los gatos.