Oberbaumbrüke Berlín

Vale, es hora de meterme en terreno pantanoso y hablar de las cosas sobre Berlín que no esperaba encontrarme cuando me mudé y que, en cierto modo, son las que más me tocan la moral.

Antes de continuar, quiero dejar claro que amo Berlín y que es una ciudad que aún hoy, a más de un año de llegar, me sigue sorprendiendo y cautivando constantemente. Dicho esto, es de esperar que cuando te mudas a un lugar nuevo encuentres cosas que te gustan y cosas que no tanto y Berlín no podía ser la excepción a la regla. También estoy escribiendo esto desde un punto de vista totalmente personal y sesgado por mis experiencias particulares y mi peculiar forma de ser.

Como si de un noviazgo condenado inevitablemente a la ruptura se tratase, soy totalmente consciente de que el “no eres tú soy yo” es el dicho que mejor se aplica a las relaciones de amor-odio que tenemos con los lugares en los que vivimos. El problema somos nosotros, no las ciudades… a menos que vivas en París, entonces el problema es definitivamente París.

Antes de mudarme a la capital alemana, pasé 11 años en Barcelona y creo que para nadie es un secreto que estaba harto de vivir allí. Sin embargo, me di cuenta de que al escribir mi post titulado “Las cinco cosas que echaré de menos de vivir en Barcelona” conseguí endulzar muchas de las acritudes que tenía hacia la ciudad y en cierta manera hacer las paces con la capital catalana. Aunque, como explico más arriba, no es el mismo caso, el efecto catártico de este post me puede ayudar a ver la ciudad que me acoge a través de otro prisma.

Por último, decir que las cinco cosas que odio de Berlín han sido escogidas teniendo en mente a las personas que planean visitar la ciudad, y no tanto los que quieran trasladarse definitivamente. Esto es particularmente cierto para el número 5.

Bueno, sin más dilación, os presento las cinco cosas que odio de Berlín y que deberías saber antes de visitar la ciudad.

Se puede fumar en los locales nocturnos

En contraste con la mayoría de capitales de los países de Europa Occidental, en Berlín se puede fumar en bares y discotecas con total normalidad.

El movimiento pro-tabaco es tan fuerte en la capital alemana, que existen colectivos de fumadores que llevan camisetas con eslóganes contra las confabulaciones de un gobierno “nazi” que osa intentar limitar su derecho a fumar. Hola, victimismo.

El caso es que tras salir de marcha por Berlín, invariablemente volverás a casa oliendo a cenicero.

Y el problema ni siquiera es este. Hasta cierto punto, si alguna vez saliste de fiesta antes del 2010, cuando fumar era la norma en los locales, puedes ver medianamente normal que se encienda un cigarrillo en una discoteca. El problema es que la pasividad de la legislación berlinesa a la hora de proteger la salud de sus habitantes genera una sensación de superioridad en algunos fumadores que no se cortan al encender un cigarrillo en el anden del metro, la estación de tren o el centro comercial.

Los aeropuertos de Berlín son de los peores de Europa

6 millardos de euros gastados en una chapuza aeroportuaria que hace que Castellón y Ciudad Real sean meras anécdotas en los anales del despilfarro de la España profunda. Hablo, como no, del no operativo Aeropuerto de Berlin-Brandeburgo. Se suponía que este aeródromo debía haber abierto sus puertas en 2011, pero sigue cerrado.

Diseñado (si se me permite la expresión) para transportar 27 millones de usuarios anuales y ser la puerta de acceso al siglo XXI y a la flamante y otrora dividida capital alemana, además del principal hub de la expansiva aerolínea Air Berlin, que sueña con conquistar el mercado alemán que tan elusivamente le sigue siendo fiel a Lufthansa, el Berlin-Brandeburg lleva más de 5 años de retraso y aún no tiene fecha de inauguración.

Pero el atractivo de Berlín ha seguido creciendo estos años y las dos opciones que maneja la ciudad como puerto de entrada cada vez quedan más obsoletas y saturadas. Prueba de esto es que los dos aeródromos de la ciudad se encuentren en el top 10 de los peores aeropuertos del mundo según eDreams.

Paredes de cartón piedra, falta de asientos, pocas opciones para comer… El aeropuerto de Schönefeld ofrece al usuario una pequeña cucharada de hospitalidad soviética.

Pero el aeropuerto principal de Berlín, Tegel, no es mucho mejor. Su diseño hexagonal fue revolucionario en los años 60, pero también provocó que la terminal fuese imposible de ampliar de acuerdo a la demanda, lo que la deja totalmente inadecuada a las circunstancias actuales.

Y sí, los aeropuertos de Berlín son incómodos y anacrónicos, pero la peor consecuencia de su inoperancia es el efecto que tienen en el bolsillo del pasajero. Al estar saturados hasta arriba de vuelos, las aerolíneas que operan en ellos lo tienen muy difícil para abrir nuevas rutas, por lo que, aunque la demanda se ha ido incrementando en los últimos años, la oferta sigue siendo la misma. No hace falta ser Alfred Marshall para entender lo que esto significa para el viajero medio, precios más altos y vuelos saturados.

El inglés se habla en todas partes, pero con matices

En Berlín, la lengua oficial es el alemán, aunque si caminas por Mitte, Kreuzberg o Friedrichshain no lo dirías. El impresionante flujo migratorio que ha recibido la ciudad en los últimos años ha hecho que el inglés se convierta en la lingua franca de Berlín. Esto son buenas noticias para cualquiera que visite la ciudad (y hable el inglés) y malas para cualquiera que quiera practicar su alemán, ya que invariablemente le van a contestar en la lengua de Shakespeare.

Los hoteles, restaurantes y tiendas en las zonas más visitadas siempre tienen staff que habla inglés y la inmensa mayoría de jóvenes tiene un nivel al menos medio de conocimiento de la lengua inglesa.

Las únicas dificultades que puedes encontrarte como turista en la ciudad es entender las locuciones del metro o tren, hablar con los funcionarios (muchos de ellos “reciclados” de la Alemania del Este) y/o con personas mayores.

Las tarjetas de crédito no son bien recibidas en casi ningún sitio

Para ponerlo en perspectiva: El Ikea de Berlín no acepta tarjetas de crédito. Es decir, que un sitio en el que la compra promedio es de unos 700 euros no permite pagar con Visa o Master Card. Aunque como turista, las probabilidades de que necesites un sofá Sölstrom son bastante bajas, que una tienda internacional como Ikea no acepte tarjetas de crédito te da una idea general de lo bienvenida que es tu American Express platino en la ciudad del muro.

Salvo las grandes cadenas de ropa y los hoteles, casi nadie más acepta plástico en Berlín. Esto incluye cafeterías, bares, discotecas y la mayoría de restaurantes de categoría media y baja (salvo McDonald’s).

Muchos berlineses intentan racionalizar este evidente atraso con frases como “a los berlineses no nos gusta endeudarnos, por lo que los dueños de los negocios hacen un favor al no permitir pagar con visa”. Lo que se esconde detrás de esta negativa es sin embargo menos utópico-socialista y tiene más que ver con la flexibilidad para evadir impuestos que da hacer un cobro en dinero en efectivo.

Los berlineses te odian

“Berlin für berliner” (Berlín para los berlineses) es un eslogan demasiado usado en la capital alemana. Los residentes de Berlín suelen sentir cierto desprecio por la palabra “turístico” y los turistas son vistos como la causa de todos los problemas de la ciudad. Y en cierta manera tienen razón.

En la época después de la caída del muro de Berlín, la capital alemana se convirtió en el refugio de lo alternativo, lo bohemio, lo punk y lo marginado impulsada por los alquileres bajos y un coste de vida irrisorio. Obviamente mucho ha cambiado desde los 90, y la llegada de familias de regiones más ricas de Alemania, la reconversión de la ciudad en un hub de start ups e industrias tecnológicas y el surgimiento del turismo han hecho que el nivel y coste de vida en la ciudad se haya elevado considerablemente en las últimas décadas.

Hay que tener en cuenta que, a diferencia de lo que sucede en España y al ser Alemania un país rico, los ciudadanos no suelen ver en el turista una fuente de ingresos para la región, sino una molestia que convierte espacios públicos en hoteles, viviendas para residentes en Airbnbs a precio de oro y lugares con encanto en meras atracciones turísticas carentes de significado o profundidad.

Así que cuando hables con un berlinés en tu visita a Berlín, asegúrate de decir que eres “a visitor” y no “a tourist”.

Sobre el autor

Me llamo Luis Cicerone. Cuando era pequeño me paseaba por casa con un atlas en la mano. Mis domingos lluviosos transcurrían memorizando mapas y capitales. A los quince años hice mi primer viaje en solitario y desde entonces viajo cada vez que puedo. Trabajo en marketing turismo en una agencia de viajes online como International Manager para el Medio Oriente y África. Me encanta la fotografía, las películas en versión original y los vídeos de gatos en Youtube.

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