El infernal viaje en tren había valido la pena.

Lo supe nada más cruzar las antiguas murallas de Pingyao, un pueblo de 400 mil habitantes a medio camino entre Pekín y Xi’an, en el corazón de China.

El viaje en tren había sido una pesadilla, cualquier excusa para bajarme de allí habría sido buena. Eran las 7 de la mañana, era febrero y era el centro de China, la temperatura no superaba los 5 bajo cero, pero estaba feliz de haber arribado por fin.

Pingyao fue lo más parecido a un pueblo pequeño que vi en China, si bien en Europa cualquier ciudad de medio millón de habitantes es considerada una quasi-urbe, en China, Pingyao es casi poco más que una pedanía rural en el medio de la nada.

Si bien el pueblo no es un desconocido para el turismo (es Patrimonio de la Humanidad) Pingyao disfruta de una afluencia relativamente baja de viajeros occidentales, en invierno al menos, que lo hace muy placentero.

Sus muros de piedra, tonos apagados y el ambiente de ciudad fantasma que tenía a nuestra llegada, mezclado con el frío y la capa de neblina que cubría sus calles, la asemejaba a una ciudad de fantasía, parecía un set de rodaje de película, en cualquier momento temíamos que Jackie Chan saliera disparado de una de las ventanas para asestarnos una patada voladora en medio del pecho.

A medida que nos adentrábamos en el sus calles, notábamos cómo Pingyao languidecía, por sus calles no deambulaba ni un alma, llegamos a preguntarnos si el martirio por el que habíamos pasado había valido la pena, no nos veíamos capaces de aguantar dos días en un lugar que como este, rezumaba letargo y hastío.

Afortunadamente, justo cuando empezábamos a perder la esperanza, aparecieron sobre nuestras cabezas portadores de buenas noticias.

Aparecieron así las farolas rojas de papel, que indicaban que en el pueblo había vida… solo que la vida en este pueblo se hacía esperar algo más.

 

A partir de las 10 de la mañana, el pueblo estaba vivo y coleando, con una autenticidad y una fuerza que no habíamos visto aún en China, que en Pekín no existía.

Y al caer a noche, el “pueblo” se llenó aún más de vida, de color y de farolillos rojos encendidos.
Sobre el autor

My name is Luis Cicerone. When I was little, I would walk around the house with an atlas in my hand. My rainy Sundays were spent memorising maps and capitals. At fifteen I did my first solo trip and since then I travel whenever I can. I work in travel marketing. I love photography, movies and cat videos.

2 Comentarios
 
  1. flavia at Responder

    Me encantó!! Las fotos son preciosas.

  2. María at Responder

    Fascinante!!

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