Culpo a Murphy, aunque seguro que el pobre no tuvo nada que ver en que el finger no estuviese disponible y el desembarque lo hayamos hecho con los autobuses bastante destartalados del aeropuerto. Sin duda el dinero que las autoridades aeroportuarias se ahorraban en fingers se lo gastaban en aire acondicionado para los autobuses-jardinera.

Nueva Delhi está en una de las zonas más áridas y calurosas de Asia, a pocos cientos de kilómetros del desierto del Rajastán. Sin embargo, a sus habitantes les gusta pensar que viven en Groenlandia y los edificios climatizados rara vez superan los quince grados centígrados. Este es un aspecto de la cultura india que, aunque en ese momento no lo sabía, iba a ayudarme a sobrevivir las temperaturas casi extremas de la época pre-monzónica, que pueden alcanzar en el norte los cuarenta y ocho grados.

El aeropuerto de Delhi, que en ese momento era aún tercermundista. (ahora ha sido remodelado y es ultramoderno e inmenso), comparable en estructura y tamaño a una terminal de autobuses de una ciudad de tamaño media española, dejaba mucho que desear en cuanto a infraestructura, aseo o servicios… sí, sobretodo en servicios.

Los baños, celosamente vigilados por militares armados (?), no tenían retretes sino letrinas al más puro estilo asiático. De más está decir que la señora que limpia esas letrinas odia su trabajo y que no la culpo por ello.

Después de obligatoria visita a los lavabos, intenté volver a la terminal para ojear mi Lonely Planet y encontrar la mejor forma de llegar a la casa de mi anfitrión Indio, que gracias a Google Maps sabía que no vivía en el centro de la ciudad sino en las afueras (aunque las ciudades de ese tamaño son 90% “afueras”) y cerca del río Yamuna.

Al intentar cruzar la puerta me detuvo uno de los militares para decirme que no podía entrar de nuevo a la terminal. Tras la súplica correspondiente me dejó volver a entrar, sentarme en una incómoda silla de plástico de la sala de espera y decidir el mejor camino para llegar a mi destino.

Tras sacar la que sería mi Biblia durante mi periplo hindú, y eso que soy ateo, decidí la mejor forma de llegar desde el aeropuerto hasta la casa de Iranya (mi host). La Lonely Planet hablaba largo y tendido sobre la nueva y brillante terminal que estaba siendo construida en ese momento y sobre la inteligente manera en la que iba a estar conectado con el centro, gracias a la extensión de una de las líneas de metro y resaltaban sobre todo, lo eficiente que iba a ser todo una vez lo inaugurasen… en Octubre del 2010.

Resultado: Taxi hasta el centro y metro desde allí.

Afortunadamente había dormido mucho durante el vuelo y no estaba extremadamente cansado, porque lo que me esperaba era una pequeña odisea.

Otros Libros de la saga:

Mi aventura India Parte I

Mi aventura India parte II – o de cómo surgen las dudas

Mi aventura India Parte III – lo que Jet Airways se llevó

Mi aventura India parte IV – la Terminal

Mi aventura India ParteV – en el Krishna-móvil


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